martes, 30 de marzo de 2010

Los orígenes de Latinale


Unas hojas se mueven en la leve brisa de una Buenos Aires otoñal. Entre los plátanos de una plaza de barrio, un grupo de jovenes poetas de la Patagonia, que vinieron a la capital del país por motivos de estudio, colgaban poemas: Laura Kropff, antropóloga; María Paz Levinson de Letras; Pilar Pérez, bailarina de tango. Muchas veces las acompañaba el primo de Paz, Augustín Huarte, que era alumno de Bellas Artes. Fue él quien pintó el cartel “Poemas a regalar”.

El acto se transformó en una cita fija, el sábado a la tarde íbamos a la Plaza Almagro a colgar poemas: propios o leídos -y extraídos- de otros libros, traducciones propias en muchas ocasiones; usando la impresora de tinta de nuestras casas, sobre papeles de distintos tamaños y colores, según lo que había. Los vecinos venían a leer los poemas, a llevarse alguno que otro, otros traían sus propios textos -iniciando un trueque-, otros sólo pasaban a charlar o contar una vieja anécdota del barrio.

En esos años (a fines del gobierno de Carlos Menem) la situación económica agonizaba, la ciudad estaba casi toda privatizada. Sin embargo, el campo cultural vivió una explosión desde sus bases. La “cuelga de poesía”, las lecturas en plazas públicas, en bares, en galerías como “Belleza y Felicidad” (no muy lejos de la Plaza Almagro) y nuevas editoriales independientes, fueron ejemplos de este despertar. Sobre todo las editoriales comenzaron a funcionar independientemente a medida que las impresoras eran más baratas. Es así como se comenzaron a hacer libros low-fiy home-made.

Eso fue para mí el disparador. De vuelta en Alemania, esta vez en Berlín, con una pila de libros y plaquetas de poesía argentina contemporánea sobre mi escritorio, me puse a traducir. Uno de los primeros textos fue “Oración del repositor en el supermercado” de Washington Cucurto, un poeta que no disimulaba su pasado de vendedor ambulante. Otros poemas fueron de Fabián Casas, de su mítico libro “El salmón”.

Y copiamos lo que viví en Buenos Aires: llegamos a organizar dos o tres cuelgas de poesía en 1999, en el aún no remodelado Helmholzplatz, en el corazón de Prenzlauer Berg, abatidos por el invierno cruel, mientras un amigo de Mallorca tocaba la guitarra. La cuelga no terminó por la temperatura bajo cero, sino por la policía que nos dijo que no habíamos pedido una licencia para “protestar en el espacio público”. Para las instituciones alemanas nuestra cuelga de poesía era una manifestación.

En los siguientes viajes a la Argentina se intensificaron los encuentros con los poetas: conocí gente de distintos ámbitos, diferentes líneas y escuelas, como los patafísicos de la Escuela Alógena, las poetas de Zapatos Rojos, las encantadoras artistas multifacéticas de la galería "Belleza y Felicidad", que al mismo tiempo funcionaba como editorial, librería y punto de encuentro y era coordinado por Fernanda Laguna y Cecilia Pavón.

Era a fines de 1999 cuando la galería de Laguna y Pavón aglutinó distintos movidas: pop, queer, diseñadores de moda, dj's, performers, diseñadores gráficos y más adelante gente de barrios precarios, como Villa Fiorito, donde se fundó una sucursal. Eran años muy creativos, a pesar de la crisis financiera y económica que golpeaba el país.

En el 2004, con Cucurto y Cristian de Napoli, nació la idea de hacer un festival de poesía con la intención de dejar constancia de la dinámica de la escena lírica actual – no sólo del país sino de América Latina, y es así como nació “Salida al Mar”. Con el título queríamos reflejar esos extremos: el poder hacer un paseo por la playa y el reclamo histórico de Boliva por el acceso perdido al pacifico en la "Guerra del Pacífico". Venían poetas de Perú, como Roxana Crisólogo, Victoria Guerrera, Enrique Bernal y el brasileño Guillerme Zarvos.

El festival se hace hasta el día de hoy, una vez al año. Desde que comenzó y hasta el 2007 participé de la curaduría, propuse autores y conocí a otros. En uno de esos encuentros me crucé con Rike Bolte en un sótano reconvertido en galería, en el Pop Hotel en el barrio de Congreso y la invité a moderar algunas mesas en el festival “Salida al Mar” en las salas del Instituto Goethe de Buenos Aires. Conocía a Rike de la Freie Universität de Berlín (FBU) en la que ambos habíamos estudiado. Para mi sorpresa un año después de nuestro primer encuentro, me la volví a topar en la capital argentina.

Rike estaba muy entusiasmada con el espíritu del festival –eran lecturas verdaderamente maratónicas, también se hacían conferencias con cuatro poetas en un panel hasta altas horas en la noche. Una anécdota que recuerdo fue el último día en la Iglesia de los Marineros Finlandeses en San Telmo, rodeado de pieles y cornamentas de renos, cráneos de ballena, sin calefacción y la gente, sin embargo, se quedaba y seguía compartiendo el encuentro culminando la noche en un tango cantado por el mexicano Hernán Bravo Varela.

Después de su paso por el festival, Rike dijo: “Tenemos que armar algo así allá [en Alemania]”. Entonces empezamos con la antología virtual Latin.Log, la cual dio pie a la creación de la Latinale, que desde hace cuatro años se celebra en Berlín y otras ciudades alemanas y que hasta el momento ha llevado a Alemania más de 40 poetas de distintos países latinoamericanos.

La primera noche de la Latinale pensamos que el festival tendría que empezar con un brindis. Antes de las lecturas queríamos reunir a las y los poetas en una librería española de Berlín: "La Rayuela". Son las 19 horas, los poetas van llegando, hay algunas cajas de vino donado de las embajadas de Chile y Argentina (no sé por qué las las otras nunca mandan vino – aunque haya vino muy rico en el sur del Perú, en Uruguay, en el Sur de Brasil). Es un hola y qué tal. La gente se acomoda. Poetas de tan diversos países como México, la República Dominicana, Argentina, Uruguay, Perú, Chile, Brasil, El Salvador se amigan. Todo bien hasta ahí. Pero un amigo mío, boliviano, residente en Berlín, y refumeta, saca a dos de los poetas hacia afuera, “che, quieren fumar un pucho”, pregunta. Y delante de la librería, sobre la calle Invalidenstraße encienden sus cigarillos.

No sé por qué en un momento mi amigo boliviano dice: “Acá en Alemania dicen que tirar una botella por el hombro trae buena suerte...” Así que mientras yo pensaba “nada que ver”, Douglas Diegues de Brasil y Fabián Casas de la Argentina se dan la vuelta y echan las botella de cerveza sobre sus hombros. Aterrizan – por suerte – no en la avenida, sino en la veredad de enfrente –que es una comisaría. Los policías tardan unos segundos en salir. El comisario se pone duro. Pero mi amigo de Bolvia balbuceando algún himno en castellano, al final le puede convencer de que todo eso fue una “intervención poética” y al final no pasó nada.

Nosotros invitamos gente por que nos gusta su poesía. Muchas veces no los conocemos personalmente. Y tampoco sabemos como funcionará. Hasta hoy en día sigo pensando en las posibles maneras de llevar la poesía fuera de las salas, como lo hicieron las chicas de la Plaza Almagro. Hace poco, en noviembre del 2009, en en la cuarta edición del festival de Latinale, intentamos hacerlo visitando con una la caravana poética las tumbas de Brecht y de Kleist (al primero todos lo conocían pero al segundo no) y allí leímos poemas. A pesar del poco público que nos seguía, la mayoría se quedaba hasta el amanecer, en un otoño que se precipitaba hacia el invierno...

Timo Berger

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